-
9. Clasificación de los salmos
8. Nuestro comentario de los salmos
6. Una importante clave de lectura

EL TALLER DE LOS SALMOS
INTRODUCCIÓN A LOS SALMOS
1. ¿Qué son los salmos?
2. La numeración del Libro de los Salmos
Numeración hebrea
1-8
9-10
11-113
114-115
116
117-146
147
148-150
Numeración latina
1-8
9
10-112
113
114-115
116-145
146-147
148-150
¿Cómo orientarse en medio de esta jungla de dificultades? Hay que tener
calma y mucha paciencia. Poco a poco las personas van familiarizándose y
las dificultades se vuelven menores o incluso desaparecen. Las traducciones
hechas desde el texto latino ya han cumplido su misión. Tendrían que dejar su
puesto a traducciones más modernas, hechas del hebreo. La misma Liturgia
tendría que adaptarse a esta novedad. El hecho de que, durante siglos, se
hayan utilizado la numeración y la traducción latinas no es motivo suficiente
para no cambiar en el presente. Sería, además, un signo de respeto y de
diálogo ecuménico con el judaísmo, que ha venido compartiendo con
nosotros esta herencia espiritual.

En este estudio emplearemos siempre la numeración hebrea. Al inicio de
cada salmo conservaremos, entre paréntesis, la numeración de las
traducciones hechas del latín. Pero, al citar un salmo, siempre lo haremos
según la numeración hebrea. La traducción de los salmos que presentamos y
que seguimos en el comentario, es la que se encuentra en la Biblia Sagrada,
Edición Pastoral.
Se trata de una traducción fiel y, al mismo tiempo,
popular, que el uso de la gente, en Brasil, ha consagrado como la mejor.

3. ¿Cuándo surgieron los salmos?
4. ¿Quién escribió los salmos?
5. Los salmos no son todos iguales
7. Formación del Libro de los Salmos
El término «salmo» proviene del griego. Significa «oración cantada y
acompañada por instrumentos musicales»
. Son un total de 150 y forman el
libro más extenso de la Biblia, llamado «Libro de los Salmos» (en hebreo, el
Libro de los Salmos recibe el nombre de Tehillim, es decir, alabanzas).
Algunos salmos incluyen indicaciones acerca de cómo se cantaban algún
tiempo después de que surgieran. Por ejemplo, el salmo 12 (11),1, dice: «Del
Maestro de coro. Para instrumentos de ocho cuerdas. Salmo. De David». Se
entiende fácilmente que eran cantados. Basta mirar las indicaciones de
algunos de ellos. Por ejemplo, en el salmo 22 (21),1, leemos: «Del maestro
de coro. Según "la cierva de la aurora". Salmo. De David». Esto significa
que, cuando se escribió, este salmo se cantaba con la melodía de una canción
conocida como «La cierva de la aurora».

Los salmos, por tanto, nacieron para ser cantados. Esto no quiere decir que
no podamos rezarlos, sino que el mejor modo de rezarlos es cantándolos.

Se trata de la colección de oraciones más rica que conoce la humanidad. A
pesar de ser muy antiguos, los salmos son eternamente jóvenes, capaces de
hablar al alma de los hombres y mujeres de todos los tiempos y lugares. Por
eso podemos considerarlos como el espejo en el que nos vemos reflejados,
el espejo en el que nos movemos y existimos. Hablan de manera tan
extraordinaria de nuestra vida, de nuestras alegrías y esperanzas, nuestros
dolores y conflictos, que parecen escritos en nuestros días y para nuestro
presente caminar.

Los salmos surgieron en un contexto judío y son fruto de la espiritualidad
judía. Su lengua original es el hebreo. Pero inmediatamente se convirtieron
en patrimonio de todos cuantos creen en la vida y en la justicia,
independientemente de la raza a que pertenezcan. De ahí que, hoy en día,
estén traducidos a casi todas las lenguas que conoce la humanidad.

Los salmos son poesía y también hay que apreciarlos como tal. Algunos son
auténticas obras de arte poética. Sin embargo, los que se detienen solamente
en su forma poética se encuentran lejos de saborear su contenido. Es como si
alguien, al recibir un regalo, se contentara con valorar el envoltorio.

Jesús, sin duda, rezó los salmos. Todo niño judío aprendía de memoria,
desde muy pronto, estas oraciones que eran lo más preciado del tesoro
espiritual del pueblo de Dios. De hecho, desde pequeño, Jesús habría tenido
que aprender a leer y escribir; habría estudiado la historia y las tradiciones
de su pueblo y aprendido a rezar con los salmos. En los evangelios podemos
encontrar diversos pasajes en los que Jesús cita algún salmo (véase, entre
otros, Mc 12,36; Mt 27, 46; Lc 23,46).

Los primeros cristianos apreciaban enormemente el Libro de los Salmos. De
hecho, junto con Isaías y el Deuteronomio, este libro se encuentra entre los
más citados del Nuevo Testamento. Con el paso del tiempo, las comunidades
cristianas convirtieron este libro en su libro preferido de oraciones. El canto
gregoriano inmortalizó la alabanza a Dios por medio de los salmos y, hoy en
día, las comunidades cristianas descubren nuevamente, una y otra vez, el agua
viva que brota de esta fuente inagotable. Esto explica que, por todas partes,
surjan grupos que se reúnen para conocer mejor los salmos, con la intención
de poderlos rezar de un modo cada vez más adecuado.

La Liturgia recurre sin cesar a los salmos, tanto en la celebración de la
Eucaristía, como en la Liturgia de las Horas. Por desgracia, en muchas
ocasiones se concede escasa importancia al salmo responsorial después de la
primera lectura de la misa. En otras, -lo que viene a ser peor-, este salmo es
sustituido por cualquier otro canto.

Cuando se reúne un grupo de personas para estudiar o para rezar los salmos,
inmediatamente aparecen algunas dificultades. Esto es debido a que no todos
tienen la misma edición de la Biblia. La numeración de los salmos varía
dependiendo del texto desde el que se haya traducido la Biblia: el latín o el
hebreo. Cuando nos adentramos en el texto, suelen surgir mayores
dificultades. Puede que haya traducciones totalmente distintas entre sí.

No resulta fácil llegar a un acuerdo. Tenemos la esperanza de poder llegar un
día a un entendimiento al respecto. ¿Por qué es diferente la numeración?
Porque manejamos traducciones hechas del hebreo y traducciones hechas del
latín. En los ocho primeros salmos no hay problemas. Tienen la misma
numeración en todas las traducciones. Pero a partir de ahí comienzan las
dificultades. Las traducciones hechas del latín -siguiendo lo que constituye la
traducción griega más antigua, llamada de los Setenta- unen en uno solo los
salmos 9 y 10 de la numeración hebrea. A partir de ahí, hasta el salmo 113,
la numeración hebrea va un número por delante de la latina. Por ejemplo, si
el salmo del buen pastor lleva, en la Biblia que usa habitualmente el lector,
el número 22, significa que tiene entre sus manos una traducción hecha del
latín. Si, por el contrario, tiene el número 23, esto indica que esta Biblia ha
sido traducida del hebreo, la lengua materna de los salmos.

Después, los salmos 114-115 de la numeración hebrea corresponden al
salmo 113 de la numeración latina, y los salmos 114-115 de esta última
corresponden al salmo 116 de la primera. Del salmo 117 al 146, la
numeración hebrea vuelve a ir un número por delante de la latina. Las
traducciones latinas dividen en dos el salmo 147 de la numeración hebrea,
formando los salmos 146-147. Los tres últimos salmos tienen la misma
numeración en todas las traducciones.

El esquema sería el siguiente:
Es imposible saberlo. Fueron naciendo a lo largo de seiscientos años.
Algunos son muy antiguos; otros son relativamente próximos a la época de
Jesús. Son contadas las ocasiones en las que lograremos determinar, con
bastante probabilidad, un acontecimiento próximo que nos permita precisar
con exactitud el momento en que ha surgido un salmo. Este es el caso del
salmo 46, que parece haber surgido tras la retirada del ejército de
Senaquerib, en el año 701 a. C. Pero, en la mayoría de los casos, no sabemos
cuándo surgió tal o cual salmo.

Antes de aparecer por escrito, los salmos fueron algo vivido. Dicho con otras
palabras, al que componía un salmo no le preocupaba el hecho de ponerlo
por escrito. Simplemente expresaba ante Dios y ante la gente su situación de
sufrimiento, de alegría, de confianza, de alabanza, etc. Estas oraciones
espontáneas, nacidas de situaciones concretas de la vida, causaron un fuerte
impacto en la vida de la gente. Por eso permanecieron vivas en la memoria
del pueblo. Otra gente u otros grupos, que vivieron una experiencia similar,
hicieron propias estas mismas oraciones. Y, de este modo, los salmos se
fueron conservando de generación en generación.

Para que esta riqueza no se perdiera, mucho tiempo después, se empezó a
poner estos textos por escrito. Entraron en acción una serie de personas que
sabían leer y escribir, que hicieron adaptaciones, añadidos, que ordenaron
materiales, de modo que los salmos recibieron un nuevo ropaje, como
podemos ver en nuestras Biblias. Pero en su origen, no hay un texto escrito.
Encontramos, es cierto, una fuerte experiencia de una persona o de un grupo,
experiencia que se fue conservando y transmitiendo a generaciones
sucesivas. Para que se entienda, vamos a poner un ejemplo. Imaginemos que
tenéis por costumbre rezar espontáneamente y en voz alta a partir de lo que
vivís, veis y sentís. Vuestros hijos, rezando con vosotros, van aprendiendo
las oraciones que soléis hacer espontáneamente y las transmiten a la
generación posterior, adaptándolas, corrigiéndolas, añadiendo algo. Mucho
tiempo después, para que no se pierda este tesoro, alguien decide poner estas
oraciones por escrito. Ya no es posible saber quién las ha compuesto. Se han
convertido en patrimonio de todos, porque reflejan lo que generaciones y
generaciones han experimentado cuando trataron de expresar y traducir la
propia fe. Así pues, el origen de los salmos se pierde en la nebulosa de la
historia. Pretender averiguar cuándo nacieron es una pérdida de tiempo.

En este comentario de los salmos concederemos poca importancia a la fecha
en que hayan podido surgir. La razón es evidente: no es posible determinar el
cuándo. Es más importante explorar suficientemente el texto, para que nos
proporcione la mayor cantidad posible de información acerca de la situación
vivida por quien la compuso.

A simple vista, la respuesta parece fácil; 73 de ellos son atribuidos a David.
Otros son de los «hijos de Coré» (11) o de «Asaf» (12); otros serían «de
Salomón», otros «de Etán» o «de Yedutún», etc. Son datos que encontramos
al inicio de muchos salmos. Algunos de ellos, atribuidos al rey David,
buscan, en la vida de este rey, una situación que se ajuste al tema del salmo.
Éste es, por ejemplo, el caso del salmo 7,1: «Lamentación que cantó David
al Señor a propósito de Cus, el benjaminita».

¿Qué valor hay que darle a esta información? ¿Fue, de hecho, David el autor
de la mayoría de los salmos? Claro que no. El estudio que vamos a presentar
confirmará este dato, y nadie tiene por qué asustarse. En aquel tiempo y en
aquella cultura, se acostumbraba a atribuir partes de la Biblia a personajes
famosos del pasado. Por ejemplo, la Ley se le atribuía a Moisés y la
Sabiduría a Salomón. David siempre fue visto como una persona interesada
por la liturgia y por el culto. Era considerado como el hombre de la oración,
el amigo de Dios. Por eso se le atribuye la mayoría de los Salmos. Así pues,
donde se lee «de David» es mejor leer «dedicado a David» o «atribuido a
David». Estos datos que aparecen al comienzo de los Salmos fueron
añadidos tiempo después por los estudiosos que los pusieron por escrito,
retocándolos, corrigiéndolos o haciendo añadidos.

Un ejemplo, tomado de Mc 12,35-37, puede ayudarnos a esclarecer esta
cuestión. Aquí Jesús confunde la sabiduría de los doctores de la Ley, citando
el Salmo 110, atribuido a David. Veamos el texto: «Jesús enseñaba en el
templo diciendo: "¿Cómo es que los doctores de la Ley dicen que el Mesías
es hijo de David?". David mismo, movido por el Espíritu Santo, dice: "El
Señor dijo a mi Señor: siéntate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos
debajo de tus pies". Por tanto, el mismo David le llama Señor. ¿Cómo puede,
entonces, ser hijo suyo!».

Jesús puso en un atolladero a los doctores de la Ley. Pero hay una solución.
Si admitimos que el salmo 110 no es de David, sino de una persona
relacionada con el palacio real, todo se aclara. El amigo del rey afirma:
«Dijo el Señor (Dios) a mi Señor (el rey de Judá)». Aunque no sea
exactamente este el razonamiento de Jesús en Mc 12,35-37a, este ejemplo
sirve para mostrar que David no es el autor de los salmos. Le fueron
atribuidos los salmos porque se le consideraba el hombre de la oración.

¿Y los otros "autores"? El criterio sigue siendo el mismo. Nunca sabremos
quién compuso los salmos, pues nacieron espontáneamente y de forma oral a
partir de la que algunas personas y grupos sentían y experimentaban. Se
pusieron por escrito mucho tiempo después. Algunos fueron atribuidos o
dedicados a David, Moisés, Salomón, Asaf, etc; otros se incorporaron a
himnarios, como los salmos que, en el encabezamiento, llevan el título "Del
maestro de coro" (véase, por ejemplo, el salmo 54), o el conjunto de los
salmos 120-134, conocidos como "Cánticos de las subidas" o "Salmos
graduales". Después de ponerse por escrito, estos 15 cortos salmos
ciertamente formaron parte de un librito para los peregrinos que subían a
Jerusalén. Antes, sin embargo, fueron experiencias concretas de personas o
grupos. Sólo en un momento posterior alguien los puso por escrito. Y así
acabaron convirtiéndose en parte del librito de cánticos para los peregrinos.

Por tanto, si queremos responder a la pregunta: "¿Quién escribió los
salmos?", tenemos que decir que fue el pueblo en sus luchas, en sus alegrías y
sus esperanzas, en sus certezas y sufrimientos. En una palabra, fue el pueblo
que siempre sintió a Dios como aliado en la lucha por la vida y por la
justicia. De hecho, los que todavía creen hoy en ese Dios sienten que los
salmos son como un resumen de todo el Antiguo Testamento. Sienten también
que el pueblo de antaño tenía las mismas esperanzas que alientan a los
hombres y mujeres de hoy en la medida en que sueñan con un mundo mejor y
luchan por él. Y Dios es siempre un aliado que no deja a nadie en la
estacada.

Descubrir que los salmos no son todos iguales supone una gran ventaja para
quien se dispone a profundizar en ellos con objeto de rezarlos de una manera
más adecuada. Esto significa que cada salmo estuvo provocado por una
situación y que esta situación puede no coincidir con la que vivimos en el
momento presente. Por eso es importante conocer lo que hay detrás de cada
salmo para poder descubrir su sentido.

Podemos dividir los salmos en 14 tipos diferentes. Estos 14 tipos se pueden
agrupar en 5 familias.

La primera es la familia de los Himnos. Esta familia tiene tres «hijos»:
Himnos de alabanza; Salmos de la realeza del Señor; Cánticos de Sión. Los
Himnos de alabanza son 20. Por ejemplo, el salmo 8 y el salmo 146 son
Himnos de alabanza. Su característica principal es la alabanza a Dios por su
intervención en la historia, creando, liberando, etc. Los
Salmos de la realeza
del Señor
son seis. Pertenecen a este tipo aquellos salmos que afirman o
proclaman insistentemente la expresión «el Señor es Rey». Por ejemplo, los
salmos 98 y 99. Los
Cánticos de Sión son siete. Reciben esta denominación
aquellos salmos que tienen como tema central la ciudad de Jerusalén, también
llamada Sión. Por ejemplo, los salmos 46 y 84.

La segunda familia es la de los Salmos individuales. También esta familia
tiene tres «hijos»: Súplica individual; Acción de gracias individual;
Confianza individual. Los salmos de
Súplica individual son los más
numerosos; un total de 39. Esto es muy importante para una nueva visión de
los salmos, como trataremos de mostrar en las páginas sucesivas. En estos
salmos, una persona clama a Dios a causa de la injusticia. Por ejemplo, los
salmos 140 y 141. Los salmos de
Acción de gracias individual son once. En
ellos, una persona después de haber expuesto su queja y haber sido
escuchada, da gracias a Dios. Por ejemplo, los salmos 30 y 32. Los salmos
de
Confianza individual son nueve. En ellos, una persona expresa su
absoluta confianza en Dios. Por ejemplo, los salmos 23 y 27.

La tercera familia es la de los Salmos colectivos. Sigue el mismo esquema
que la anterior y también tiene tres «hijos»: Súplica colectiva; Acción de
gracias colectiva; Confianza colectiva. Los salmos de
Súplica colectiva son
18. Se trata del clamor de un grupo ante las injusticias. Son, por ejemplo, los
salmos 12 y 44. Los salmos de
Acción de gracias colectiva son tan sólo seis.
Un grupo da gracias a Dios por la superación de un conflicto o por un don
recibido. Por ejemplo, los salmos 65 y 66. Los salmos de
Confianza
colectiva
sólo son tres. En ellos, un grupo de personas confiesa su total
confianza en Dios. Son los salmos 115, 125 y 129.

La cuarta familia es la de los Salmos reales o regios. Se llaman así porque
su personaje central es la persona del rey en acción. Se trata de salmos
cargados de ideología, pues defienden la monarquía como institución divina.
Más aún, el rey es presentado como hijo de Dios (2, 7) . En total, los salmos
reales son once. A esta familia pertenecen, por ejemplo, los salmos 2 y 110.

La última familia es la de los Salmos didácticos. Tiene cuatro «hijos»:
Liturgias; Denuncias proféticas; Históricos; Sapienciales. Sólo tres
pertenecen al tipo de
Salmos litúrgicos. Reciben este nombre porque
presentan un fragmento de una antigua celebración litúrgica de la que poco o
nada se sabe. Son los salmos 15, 24
y 134. Los salmos de Denuncia
profética
son siete. Son esos salmos con un lenguaje duro parecido al de los
«profetas incendiarios», como Amós, Miqueas y otros, cuya preocupación
principal fue denunciar las injusticias. Por ejemplo, los salmos 52 y 53. Los
salmos
Históricos son solamente tres: el 78, el 105 y el 106 (algunos Himnos
de alabanza también pueden ser considerados históricos: 111, 114, 135 y
136). Se llaman así porque cuentan la historia del pueblo de Dios. Después
del salmo 119, son los más largos (para contar la historia hace falta mucho
tiempo). Es interesante señalar, desde ahora, que cada uno de ellos tiene una
visión particular de la historia: optimista + pesimista (78), optimista (105),
pesimista (106). Finalmente, tenemos los Salmos
Sapiencia/es. Son un total
de once. Se trata de salmos preocupados por las cuestiones existenciales más
importantes: el sentido de la vida, la felicidad, la vanidad de las riquezas, la
vida que pasa, etc. Abordan, en definitiva, esas preocupaciones que nos
visitan cuando atravesamos la línea que marca la mitad de la vida, época en
la que se nos invita a producir sabiduría, esto es, a dar un sentido a todo lo
que hacemos, tenemos y somos.

Muchos sitúan el Libro de los Salmos dentro del bloque de los Sapienciales.
Pero, estrictamente hablando, sólo once salmos pueden calificarse, sin ningún
tipo de duda, como sapienciales.

Acabamos de ver que los salmos no son todos iguales. Existen, al menos, 14
tipos diferentes. Pero no siempre los salmos son «puros» desde el punto de
vista del tipo al que pertenecen. ¿Por qué? Pues porque a quien componía un
salmo no le importaba el tipo. Simplemente abría el corazón y el alma,
exponiendo la situación en que vivía. Algunos salmos mezclan, por ejemplo,
la súplica con la acción de gracias. Por eso si sumamos el número de salmos
que presentamos para cada tipo nos saldrían más de 150.

Entre las muchas claves que hay para leer los salmos, hay una de capital
importancia. Se trata del conflicto que dio lugar a cada uno de ellos. Vamos
a ver esto más de cerca. Si sumamos los salmos de Súplica individual (39)
con los de Súplica colectiva (18) tendremos 57; es decir, más de un tercio
del Libro de los Salmos está compuesto por un inmenso clamor; por lo
general en contra de la injusticia. Si a esto añadimos los salmos de Acción de
gracias individual
(11) y los de Acción de gracias colectiva (6), tendremos
74, es decir, casi la mitad del Libro. Conviene tener presente lo siguiente: los
salmos de acción de gracias tuvieron su origen en la superación de un
conflicto
. El conflicto, por tanto, también está presente en ellos de alguna
manera. Si prestamos atención a los salmos, nos daremos cuenta de que todos
ellos revelan un conflicto. En unas ocasiones se trata de un conflicto abierto,
una especie de fractura evidente; en otras, será necesario excavar con mayor
profundidad para descubrir que, en el fondo, hay una tensión que recorre el
texto por detrás. Evidentemente, cuando hablamos de conflicto, queremos
decir tensión, personal o social, relaciones sociales injustas, de opresión, de
explotación, etc. En este estudio analizaremos abundantemente este aspecto.
Y tendremos la grata satisfacción de descubrir que los salmos no nacieron de
personas alienadas, ni están destinados a personas alienadas. Todo lo
contrario. La clave del conflicto, por tanto, será fundamental en nuestra
reflexión. y sentiremos a un Dios muy próximo, aliado, compañero y
comprometido con la justicia y la libertad.

Ya hemos dicho que los salmos fueron surgiendo poco a poco, de forma oral,
a lo largo de un período de 600 años. A medida que se iban poniendo por
escrito, se realizaban en ellos algunas adaptaciones. Antes de formar parte de
lo que hoy conocemos como el Libro de los Salmos, muchas de estas
oraciones pertenecieron a colecciones menores, como la colección de las
oraciones de David
que se menciona en 72, 20, la colección de Asaf (50; 73-
83), la de los hijos de Coré (42-49; 84-85; 87-88), la de las subidas (120-
134) o la de Hallel (105-107; 113-118; 135-136; 146-150).

Algunos estudiosos reunieron todas estas oraciones ya puestas por escrito y
formaron el Libro de los Salmos. Sin lugar a duda, se compusieron y se
pusieron por escrito muchos otros salmos. Sin embargo sólo estos 150
pasaron a formar parte del Salterio.

Estos estudiosos se tomaron la molestia de poner por orden los salmos. De
este modo, el salmo 1 se colocó al inicio, pues funciona como la puerta de
acceso de todo el Libro. Algo parecido sucede con el salmo 150: se
encuentra al final por ser la llave de oro que cierra el volumen. De hecho, se
trata de un solemne himno de alabanza, una especie de sinfonía orquestada de
toda la creación. Antes de él, y preparando ya la gran conclusión, tenemos
otros himnos de alabanza (145-149).

Para que se pareciera a la Torá o Pentateuco (los cinco primeros libros de la
Biblia), estos estudiosos organizaron los salmos en cinco libros menores. Es
lo que descubrimos al leer las doxologías (breves himnos de alabanza) que
se añadieron a los salmos con que concluyen esos libros. De hecho, en 41,14
se dice: «¡Bendito el Señor, Dios de Israel, ahora y por siempre! ¡Amén,
amén!». Este breve himno de alabanza cierra el primero de los cinco libritos,
compuesto por los salmos 1-41. En 72,18-20 se lee: «¡Bendito sea el Señor,
Dios de Israel, porque sólo él hace maravillas! ¡Bendito por siempre su
nombre glorioso! ¡Que toda la tierra se llene de su gloria! ¡Amén! ¡Amén!
(Fin de las oraciones de David, hijo de Jesé)». Aquí termina el segundo
librito, compuesto por los salmos 42-72. El tercero comprende los salmos
73-89
y concluye con la doxología de 89, 53; «¡Bendito el Señor por
siempre! ¡Amén! ¡Amén!». El cuarto librito está constituido por los salmos
90-106
y termina con estas palabras: «¡Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
desde ahora y por siempre! Y todo el pueblo diga: ¡Amén! ¡Aleluya!» (106,
48). Al último librito pertenecen los salmos restantes (107-150), el último de
los cuales -el 150- funciona todo él como himno de alabanza.

Hay muchas maneras de estudiar los salmos, y se han escrito muchos
estudios. ¿Por qué, entonces, proponer uno más? No basta con ofrecer otro
comentario para añadirlo a los que ya existen. Hay que decir qué tiene de
nuevo lo que se propone.

Nuestro comentario pretende tener un carácter popular y poner en relación
los salmos con la vida de las personas del presente. Por su condición de
«popular», no se pierde en discusiones acerca del texto y sobre las posibles
formas de traducirlo. Tomamos una traducción y, basándonos en ella, la
reflexión irá creciendo, estableciendo un puente entre el pasado y el presente,
de modo que cada salmo pueda hablar al corazón de los hombres y mujeres
de nuestros días. Será un comentario preocupado por los grandes problemas
que angustian hoy al pueblo de Dios: la lucha por la tierra, la ecología, el
ecumenismo, la vida ciudadana, etc.

Al estudiar cada uno de los salmos, recorreremos los siguientes pasos:

1. Tras presentar el texto del salmo, veremos brevemente a cuál de los 14
tipos pertenece
, de modo que, desde el principio, aparezca ante nosotros con
su colorido e identidad propios.

2. Cuando sea posible, presentaremos la estructura del salmo, el modo en que
está organizado, además de
destacar las principales «imágenes» que ha
empleado el salmista para expresar lo que sentía.

3. El tercer paso es de los más importantes. Trataremos de obtener del salmo
la mayor cantidad
posible de información. Le preguntaremos al texto por lo
que está sucediendo, las razones por las que surgió ese salmo, en qué reside
el conflicto, quién está enfrentado a quién y por qué motivo. Como hemos
dicho antes, la práctica totalidad de los salmos revela u oculta un conflicto.
En unas ocasiones, el conflicto es algo evidente; en otras, no.

4. Después de detectar el conflicto presente en cada salmo, preguntaremos
por la imagen o el «rostro» de Dios presente en ese texto
: ¿Cómo se presenta
Dios? ¿De parte de quién está? Y podremos constatar que Dios se alía
siempre con los que luchan por la justicia, que siempre es el Dios de la
Alianza, el Dios compañero y comprometido. De aquí pasaremos brevemente
al Nuevo Testamento para
ver si el salmo estudiado tiene algo que ver con la
vida y la práctica de Jesús
. Sí, porque en él es donde los salmos encuentran
su culminación. Con razón podemos decir que Jesús no vino a abolir los
salmos, sino a darles cumplimiento (cf Mt 5,17). No se trata simplemente de
constatar que tal o cual salmo se cita en este o aquel libro del Nuevo
Testamento. Se trata, más bien, de ver cómo los contenidos de cada salmo
resuenan en la persona, en las palabras y en las acciones de Jesús, si él les
da cumplimiento o les imprime un nuevo perfil.

5. Finalmente, después de estudiar cada salmo, trataremos de mostrar cómo
habla en nuestra vida presente
. Y cómo podríamos rezarlo con provecho. Se
trata de simples sugerencias. Cada persona o cada grupo, después de su
estudio, sabrá ciertamente encontrar pistas útiles para un buen
aprovechamiento de cada salmo.

De la familia de los Himnos (los salmos entre paréntesis mezclan tipos
diferentes).
Himnos de alabanza: 8; 19; 29; 33; 100; 103; 104; (105); 111;
113; 114; 117; 135; 136; 145; 146; 147; 148; 149; 150.
Salmos de la realeza
del Señor
: 47; 93; 96; 97; 98; 99. Cánticos de Sión: 46; 48; 76; 84; 87; 122;
(132).

De la familia de los Salmos individuales. Súplica individual: 5; 6; 7; 10; 13;
17; 22; 25; 26; 28; 31; 35; 36; 38; 39; 42; 43; 51; 54; 55; 56; 57; 59; 61; 63;
64; 69; 70; 71; 86; 88; 102; 109; 120; 130; 140; 141; 142; 143.
Acción de
gracias individual
: 9; 30; 32; 34; 40; 41; 92; 107; 116; 138. Salmos de
confianza individual
: 3; 4; 11; 16; 23; 27; 62; 121; 131.

De la familia de los Salmos colectivos: Súplica colectiva: 12; 44; 58; 60;
74; 77; 79; 80; 82; 83; 85; 90; 94; (106); 108; 123; 126; 137.
Acción de
gracias colectiva
: 65; 66; 67; 68; 118; 124. Salmos de confianza colectiva:
115; 125; 129.

De la familia de los Salmos reales: 2; 18; 20; 21.45; 72; 89;101; 110; 132;
144.

De la familia de los Salmos didácticos: Salmos litúrgicos: 15; 24; 134.
Denuncias proféticas: 14; 50; 52; 53; 75; 81; 95. Históricos: 78; 105; 106.
Sapienciales: 1; 37; 49; 73; 91; 112; 119; 127;128; 133; 139.

NOTA: Esta Introducción es del mismo
autor y del mismo libro. Lo traemos aquí
por su valor. Es para leerla despacio,
poco a poco, mes a mes. Lo vamos a
tener ahí y merece la pena que
recurramos a ella siempre que tengamos
alguna duda GENERAL. Seguro que a la
larga agradeceremos el hecho de poder
disponer de esta Introducción. ¡Sin
prisas, pero sin pausas!