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SALMO 13
(12)
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Es un salmo de súplica individual. En su parte central, contiene dos
peticiones, como si fueran órdenes dadas a Dios: «¡Respóndeme!», «Ilumina» (4). Además de esto, al principio se repite cuatro veces la pregunta «¿Hasta cuándo?» (2-3), lo que pone de manifiesto que la persona está viviendo una situación dramática. |
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Este salmo tiene tres partes, formadas por los versículos 2-3; 4-5; 6. En la
primera (2-3), aparece insistentemente la pregunta «¿Hasta cuándo?», dirigida a Dios. El salmista pregunta hasta cuándo seguirá olvidándolo el Señor, hasta cuándo va a esconderle su rostro (2). Además, considerando su propia situación, le pregunta -imaginando que Dios lo ha olvidado y rechazado- hasta cuándo va a tener que padecer un sufrimiento y tristeza continuos (3a). Finalmente, quiere saber hasta cuándo va a triunfar su enemigo sobre él (3b). En esta primera parte, aparecen los tres personajes del drama: el Señor, el justo y su enemigo.
La segunda parte (4-5) contiene la súplica propiamente dicha. El justo le
pide a Dios que responda y que tome medidas, pues la situación es muy grave. De hecho, se menciona la posibilidad de la muerte (4). Es evidente que no se trata de una muerte natural, sino de la muerte provocada por el enemigo (los «opresores» del v. 5) que, finalmente, va a alcanzar su objetivo: la muerte del justo y su propia victoria.
En la tercera parte (6) el justo habla de su confianza en la misericordia de
Dios. Tal vez el Señor haya respondido a sus peticiones. O, quién sabe, debido a su gran confianza en que será escuchado, inmediatamente después de la súplica añade una acción de gracias por la salvación que va a recibir. |
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Tratándose de una súplica, este salmo revela un fuerte conflicto entre el
justo y los malvados, entre el justo y los injustos, a los que se llama dos veces «mi enemigo» (3.5) y una «mis opresores» (5). A simple vista, puede darnos la impresión de que se trata de un conflicto aislado entre dos personas, pero no es así. El plural «opresores» indica que se trata del enfrentamiento entre dos grupos: uno comprometido con la justicia y representado por el «justo», y otro comprometido con la injusticia y representado por el «enemigo» y los «opresores».
¿Quién es más fuerte en este conflicto? Indudablemente, los injustos. La
vida del justo corre constantemente peligro. De hecho, le pide al Señor que ilumine sus ojos -es decir, que asuma su defensa- para no hallar la muerte a causa de la persecución de los malvados. Es difícil entrar en más detalles. No obstante, el término «opresores», además de mostrar que se trata de un grupo, sugiere la existencia de persecución, de una situación de angustia y dificultad, de modo que el justo corre constantemente el riesgo de morir a manos de sus opresores. Éstos, por lo que todo parece indicar, sólo descansarán cuando hayan matado al justo (4). Entonces podrán decir: «Le he vencido», y se alegrarán con la muerte de quien luchó por la justicia (5). Por eso, este salmo comienza con la machacona pregunta: «¿ Hasta cuándo?», y más aún: «¿Para siempre?» (2).
¿Y los demás? Todo permite suponer que, tanto en este salmo, como en
otros, tenemos el retrato de una sociedad marcada por la impunidad y el miedo. Los malvados han creado un ambiente de intimidación y de terror, de modo que casi nadie se atreve a levantar la voz o hacer nada pues, quien tiene la osadía de decir o hacer algo, pone su vida en peligro. El justo corre ese riesgo y grita, confiando en Dios y en su misericordia. El Señor es su última esperanza. Si no responde, ciertamente los opresores lo matarán. |
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Si en este salmo tenemos tres referencias a los adversarios del justo,
también tenemos tres veces el nombre propio de Dios: «Yavé» (el Señor): al principio (2), en medio (4) y al final (6), lo que indica que está muy presente, a pesar de su aparente indiferencia o «ausencia» descritas en la primera parte (2-3). El justo se dirige a él diciendo «mi Dios», signo de intimidad y de compromiso mutuo. De hecho, el nombre propio de Dios - «Yavé» (el Señor)- y la expresión «mi Dios» nos llevan a pensar en el éxodo, la portentosa intervención del Dios liberador, que rescató a su pueblo de la esclavitud en Egipto y selló con él una alianza. Desde entonces, Dios llama a Israel «mi pueblo», e Israel se dirige al Señor llamándolo «mi Dios». Se trata, una vez más, del Dios del éxodo y de la Alianza. Sin esta clave de lectura, este salmo no se sostiene.
Por eso el justo se atreve a clamar, sabiendo que su súplica no quedará
frustrada. Por esta misma razón, llama la atención de Dios y le da órdenes: «¡Atiéndeme, Señor, mi Dios! ¡Respóndeme! Ilumina mis ojos para que no me duerma en la muerte» (4). También por este motivo, se dirige a él con esta atrevida pregunta: «¿Hasta cuándo?».
El justo tiene la impresión de que el Señor lo ha olvidado y rechazado (le
esconde su rostro). Pero su confianza tiene unas profundas raíces, tal como muestra al final del salmo (6). ¿Qué es lo que habría sucedido? ¿ Habría escuchado el Señor el clamor del justo y lo habría liberado? ¿O es que el justo, al haber depositado en Dios tanta confianza, concluye su súplica celebrando ya la intervención divina, aunque todavía no se haya manifestado? No lo sabemos. En cualquier caso, este final pone de manifiesto la fuerza que nace de la confianza de quien tiene al Señor como aliado.
Este salmo tiene repercusiones en el Nuevo Testamento y en la actividad de
Jesús. Basta examinar las situaciones de súplica con que se encontró y cómo dio respuesta a estas situaciones, sobre todo en casos extremos, como la muerte de alguien (Mc 5, 21-24. 35-43; Lc 7, 11-17; Jn 11, 1-44). |
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Es un salmo de súplica. Cuando miramos a nuestro alrededor y vemos
tanta injusticia y tanta miseria, también nosotros podemos dirigirnos a Dios en nuestras oraciones para preguntarle: «¿Hasta cuándo?». Esta pregunta pone al descubierto una serie de situaciones de ausencia de vida que pueden convertirse en motivos inspiradores de nuestra oración. Podemos rezar este salmo solidarizándonos con las personas perseguidas por causa de la justicia, con aquellos cuya muerte ha sido ya decidida. Es un salmo para cuando tenemos la sensación de que Dios está ausente o que se muestra indiferente ante los males que vemos a nuestro alrededor.
Otros salmos de súplica individual: 5; 6; 7; 10; 17; 22; 25; 26; 28; 31; 35;
36; 38; 39; 42; 43; 51; 54; 55; 56; 57; 59; 61; 63; 64; 69; 70; 71; 86; 88; 102; 109; 120; 130; 140; 141; 142; 143. |