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SALMO 16
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Es un salmo de confianza individual, en el que alguien expone su absoluta
confianza en el Señor (2), al que considera su refugio (1), amigo íntimo (7) y alguien siempre cercano (8); en él pone una confianza total incluso ante la barrera fatal, la muerte (10), con el convencimiento de que Dios le mostrará el camino de la vida, proporcionándole una alegría perpetua (11). |
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Las traducciones de este salmo suelen diferir bastante unas de otras. La
razón es que el texto original (hebreo) se encuentra en mal estado de conservación y tiene palabras incomprensibles. Tal vez sea posible identificar tres partes: 1; 2-6; 7-11. La primera funciona a modo de introducción. Incluye una petición («Protégeme») y presenta un gesto de confianza («pues me refugio en ti»).
La segunda (2-6) es una especie de profesión de fe. El salmista ha elegido
al Señor como su bien (2), rechazando, por consiguiente, todos los ídolos y señores del mundo y todas las prácticas de idolatría a que dan lugar (3- 4). Vuelve a hablar del Señor como su bien absoluto, diciendo que es la parte de la herencia -una herencia deliciosa, la más bella- que le ha tocado (en Israel, tradicionalmente, la herencia era la tierra) y su copa, en cuyas manos está el destino del salmista (5-6).
La tercera parte (7-11) viene marcada por la idea del camino. El Señor es el
consejero permanente del fiel, incluso de noche (7), va caminando por delante, impidiendo que el salmista vacile (8), lo llena de alegría (9) y no permite que el fiel conozca la muerte (10), sino que le enseña el camino de la vida y le proporciona una alegría sin fin (11).
«Confianza» y «alegría» son dos términos característicos de este salmo.
Ambas realidades provienen, de hecho, de la gran intimidad que hay entre el salmista y Dios. En efecto, el Señor va por delante, mostrándole el camino, pero también está a la derecha del fiel (el lugar más importante). La conclusión del salmo sitúa al fiel, lleno de gozo y felicidad, ante el Señor e, inmediatamente después, es el fiel el que está a la derecha de Dios. Este baile de posiciones (delante, a la derecha) pone de manifiesto la intimidad entre estos dos amigos y compañeros.
El cuerpo del salmista viene a ser como una especie de caja de resonancia
en la que vibran la confianza y la alegría. Se habla de manos que evitan derramar libaciones a los ídolos y de labios que se niegan a pronunciar sus nombres (4); también se habla del corazón que se alegra, de las entrañas que exultan, de la carne (el cuerpo entero) que reposa serena (9), pues no conocerá el sepulcro, porque la muerte, la que destruye el cuerpo, va a ser destruida (10). Confianza, gozo, alegría e intimidad con Dios determinan la vida de esta persona noche y día (7). |
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Quien compuso este salmo vivía en una situación difícil caracterizada por
un ambiente hostil. De hecho, se habla de los «dioses y señores de la tierra» (3) que multiplican las estatuas de dioses extraños e invitan a la gente a que invoquen el nombre de los ídolos y les presenten ofrendas (4). Estamos, por tanto, en un período de idolatría generalizada bajo el patrocinio de los «señores de la tierra», los poderosos. ¿Qué es lo que le sucede al que no acepta esta situación? El Antiguo Testamento registra algunos casos paradigmáticos: ¿Qué es lo que pretendía hacer Jezabel en contra del profeta Elías? (1 Re 19, 2-3). ¿Qué hizo el rey Nabucodonosor con quien no adoró la estatua que había levantado? (Dan 3, 1-23). ¿Y qué le sucedió a Eleazar cuando se negó a violar la ley de su pueblo que prohibía comer carne de cerdo? (2 Mac 6, 18-31).
Algo parecido sucede en este salmo. Resulta difícil identificar la época en
que surgió, pero es evidente que estamos viviendo un tiempo de idolatría generalizada, con el consiguiente conflicto entre los seguidores de los ídolos y los fieles al Señor. La gente va aceptando pasivamente los ídolos y les presentan ofrendas (las libaciones de sangre llevan a pensar en sacrificios humanos), abandonando de este modo el culto al Señor. Los que no se conforman, ponen en peligro su vida. Por eso el salmista, expresando su confianza absoluta en el Dios de la vida, afirma: «No me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel que conozca el sepulcro» (10). Lleno de confianza, esta persona pide: «Protégeme. Dios mío, pues me refugio en ti» (1b), ya que es consciente de que su vida corre peligro.
Los versículos 5 y 6 hablan de la herencia, un lugar delicioso, la heredad
más bella. Estas palabras nos recuerdan la tierra, el don sagrado que el Señor hace a su pueblo. Parece ser que este fiel ha perdido la tierra, la herencia del Señor, pero no la confianza. |
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Tratándose de un salmo de confianza, muestra a un Dios próximo, refugio,
el bien supremo de la persona, herencia y copa del fiel, aquel que tiene en sus manos el destino de la criatura, consejero que instruye incluso de noche, que camina por delante, que se pone a la derecha de la persona, que no la deja morir sino que, más bien, le enseña el camino de la vida y pone al salmista a su derecha, el puesto de honor.
Este Dios sólo puede ser Yahvé, «el Señor», el Dios compañero que, en el
pasado, selló una Alianza con todo el pueblo. El salmista tiene esa confianza porque sabe que el Señor es el aliado fiel. Es algo que tiene en su mente, en su carne y en su sangre. Por eso manifiesta una confianza incondicional.
En el Nuevo Testamento, Jesús es motivo de confianza para el pueblo (Mc
5, 36; 6, 50; Jn 14, 1; 16, 33). El mismo manifiesta una absoluta confianza en el Padre (Jn 11, 42). Los primeros cristianos leyeron los versículos finales de este salmo a la luz de la muerte y la resurrección de Jesús (He 2, 25-28). |
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Este salmo es adecuado para cuando deseamos manifestar una total y
absoluta confianza en Dios; podemos rezarlo cuando vemos cómo se multiplican los ídolos y las prácticas idolátricas; cuando sentimos la tentación de abandonar la fe; cuando nuestra vida corre peligro; cuando queremos expresar con el cuerpo el gozo y la alegría que nos produce creer en Dios...
Otros salmos de confianza individual: 3; 4; 11; 23; 27; 62; 121; 131.
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