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SALMO 19
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El salmo 19 mezcla dos tipos de salmo, lo que ha llevado a mucha gente a dividirlo en
dos. De hecho, del versículo 2 al 7 tenemos un himno de alabanza, sin ningún tipo de introducción. Aquí, el cielo y el firmamento, el día y la noche cantan -en silencio- las alabanzas de quien los creó. Se trata, por tanto, de un himno de alabanza al Dios creador. Pero la segunda parte (8-15) es de estilo sapiencial y presenta una reflexión sobre la ley del Señor. |
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Lo que hemos dicho hasta ahora puede ayudarnos a ver cómo está organizado el salmo
19. Tiene dos partes, con estilos diferentes: 2-7 y 8-15. En la primera (2-7) tenemos una solemne alabanza al Creador del universo: el cielo, el firmamento, el día, la noche y, sobre todo, el sol, proclaman, sin palabras, la gloria de quien los creó. La alabanza silenciosa es lo más importante, pues viene a demostrar que las palabras no son capaces de expresar todo lo que se siente. El sol es comparado con el esposo que sale de la alcoba y con un atleta que recorre el camino que se le ha señalado.
En la segunda parte (8-15) encontramos un poema sapiencial cuyo tema central es la ley
del Señor, a la que se designa también como «testimonio» (8b), «preceptos» (9a), «mandamiento» (9b), «temor» (10a) y «decretos» (10b). Son seis términos que se emplean para indicar básicamente la misma realidad. Al lado de cada una de estas palabras se repite siempre el nombre propio de Dios: «el Señor» -Yavé en el original hebreo- (en esta segunda parte, este nombre aparece siete veces) y también un adjetivo: «perfecta», «veraz», «rectos», «transparente», «puro», «verdaderos». Después de cada una de estas afirmaciones se presenta a la persona o realidad que se beneficia de los efectos de la ley: el alma descansa (8a), el ignorante es instruido (8b), el corazón se alegra (9a), los ojos reciben luz (9b). Todo esto se resume en dos comparaciones: la ley es más preciosa que el oro más puro (es decir, más que lo más valioso que existe) y más dulce que la miel (la miel es lo más dulce que hay). Con otras palabras, este poema afirma que la ley es lo más valioso y lo más dulce que existe (11).
Esta segunda parte puede, a su vez, dividirse en otras dos. Después de presentar el elogio
de la ley perfecta, lo más precioso y lo más dulce que hay, el salmista se contempla a sí mismo viéndose imperfecto, impuro, arrogante y pecador (12-14), y concluye expresando un deseo: que las palabras de este salmo, en forma de meditación, le agraden al Señor, su roca, su redentor (15). |
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La primera parte de este salmo (2-7) presenta una tensión. De hecho, casi todos los
pueblos vecinos de Israel consideraban al sol y a los astros como dioses. Para el salmista, el cielo y el firmamento son como una especie de gran tejido en el que Dios ha dejado impresos algunos signos de su amor creador. En silencio, las criaturas hablan de la grandeza de su Creador. Cada día le entrega al siguiente una consigna; lo mismo que cada noche a la posterior: han de ser anunciadores silenciosos del amor del Creador. Aun sin usar palabras, su mensaje silencioso llegará hasta los límites del orbe. Todos los días y todas las noches proclaman siempre la misma noticia.
El sol no es Dios sino una criatura de Dios. En aquel tiempo, se creía que el astro rey
giraba alrededor de la tierra. Por eso se suponía que por la mañana salía de la tienda invisible que Dios había levantado para él en Oriente como el esposo de la alcoba, para recorrer su órbita como un héroe o un atleta, hasta entrar de nuevo en su tienda en Occidente. Como el esposo, porque es sinónimo de fecundidad; como un héroe, porque nada ni nadie escapa a su calor; como un atleta, porque nadie lo puede detener.
La segunda parte (8-15) también esconde una tensión con las «naciones». De hecho,
para Israel, el gran don insuperable que Dios le ha comunicado a Israel se llama «ley». Por medio de ella dejó perfectamente claro en qué consistía su proyecto y cuáles eran las condiciones para que Israel fuera su socio y aliado. ¿Qué es lo que tiene Israel que ofrecerles a las naciones? Una ley perfecta y justa, fruto de la alianza con un Dios cercano: «En efecto, ¿qué nación hay tan grande que tenga dioses tan cercanos a ella como lo está de nosotros el Señor, nuestro Dios, siempre que lo invocamos? ¿Qué nación hay tan grande que tenga leyes y mandamientos tan justos como esta ley que yo os propongo hoy?» (Dt 4, 7-8).
Después de hablar de la perfección de la ley, el salmista piensa en la propia fragilidad
(12-15). La ley es útil para la instrucción y el provecho del fiel. Pero él se siente pequeño. La ley es perfecta, él es imperfecto. La ley es pura como el oro fino, pero él tiene que ser purificado de las faltas que haya podido cometer sin darse cuenta. El problema principal consiste en la posibilidad del orgullo o la arrogancia que, dominando a la persona, vuelven responsable al individuo de las transgresiones más serias, del «gran pecado». |
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En este salmo hay dos imágenes muy intensas: la del Dios de la Alianza (8-15), que hace
entrega de la ley a su pueblo, y la del Dios Creador, reconocido como tal por sus criaturas en todo el orbe (2-7).
El Nuevo Testamento vio en Jesús el cumplimiento perfecto de la nueva Alianza; Jesús es
aquel que permite ver de manera perfecta al Padre (Jn 1, 18; 14, 9). Jesús alaba al Padre por haber revelado sus designios a los sencillos (Mt 11, 25) e invitó a aprender, de los lirios del campo y de las aves del cielo, la lección del amor que el Padre nos tiene (6, 25-30). |
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La primera parte de este salmo nos ayuda a rezar a partir de la creación, a contemplar
en silencio el mensaje que nos viene de las criaturas. Es un salmo ecológico o cósmico. La segunda parte nos hace entrar en comunión con el proyecto de Dios presente en la Biblia, con el mandamiento del amor. Nos hace también pensar en nuestra propia fragilidad. Es un salmo que puede y debe ser rezado cuando queremos libramos de la arrogancia y del orgullo...
Otros salmos que son himnos de alabanza: 8; 29; 33; 100; 103; 104; (105); 111; 113;
114; 117; 135; 136; 145; 146; 147; 148; 149; 150. Salmos sapienciales: 1; 37; 49; 73; 91; 112; 119; 127; 128; 133; 139. |