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SALMO 21
(20)
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Es un salmo real, pues tiene como tema central la figura del rey o monarca.
Como sucede con otros salmos, no sabemos quién es este rey, pero, ciertamente, se trata de un descendiente de David, conforme a la promesa de 2 Sam 7. |
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El salmo 21 tiene dos partes (2-7 y 9-13), cada una de las cuales viene
seguida por una aclamación del pueblo (8 y 14) que está presente en la fiesta de coronación del monarca. En la primera parte (2-7), alguien se dirige al Señor en nombre del rey de Judá, mostrando cómo se alegra el monarca e indicando el porqué de esta alegría. Los motivos de tanto contento son varios: el Señor le ha concedido al soberano los deseos de su corazón, no le ha negado lo que pedía (3); se ha adelantado al rey con grandes bendiciones y le ha puesto una corona de oro (4); le ha concedido una vida y un reinado sin fin (5); la derrota de sus enemigos ha engrandecido la fama, el honor y el esplendor del rey (6) y le concede bendiciones incesantes (7). Si se quiere, estos motivos pueden reducirse a dos: Dios va por delante del rey, coronándolo (4) y concediéndole bendiciones incesantes (7). Interviene entonces el pueblo con la primera aclamación que refuerza la idea de que, con su confianza puesta en el Señor y en su gracia, el rey no vacilará nunca (8).
En la segunda parte (9-13), alguien se dirige al rey en nombre del Señor. Una
vez coronado, ¿qué es lo que va a hacer este soberano? Eliminará a todos los enemigos que se presenten, destruyéndolos en nombre de Dios (9-10) y borrando su descendencia (11). Aunque los adversarios pretendan hacerle daño al rey, ciertamente no lo conseguirán (12), sino que el monarca los pondrá en fuga, amenazándolos con el arco (13). La segunda aclamación del pueblo (14) se dirige al Señor en forma de petición: que se levante, que realice todo lo que se está diciendo, y entonces el pueblo cantará y tocará celebrando su poder (14). |
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La expresión «has puesto en su cabeza una corona de oro» (4b) nos
hace pensar en el día de la coronación del rey. Todo lo visto indica que éste es un salmo real que surgió con motivo de la coronación del soberano. Alguien vinculado con la corte habría compuesto este texto, queriendo subrayar la estrecha relación existente entre la autoridad política de Israel y Dios. Hay unas cuantas palabras relacionadas con este contexto: corona de oro, fama, honor, esplendor (4), bendición y alegría (7), además de la insistencia en la idea de que este reinado no acabará nunca (8).
Si bien en la primera parte todo es alegría, estabilidad, confianza, larga vida,
etc., en la segunda surge de repente el conflicto. De hecho, la sucesión al trono era siempre un momento delicado (véase el salmo 2), tanto dentro como fuera del país. Aquí es donde se habla de «enemigos» y «adversarios» (9), a los que se prenderá fuego del mismo modo que se enciende un horno (10a). El mismo Dios se encarga de esta tarea, devorándolos con el fuego de su ira (10b). La misión del rey que acaba de ser coronado está marcada por el derramamiento de sangre. Tendrá que matar a todos los descendientes de los enemigos que aspiran al trono o a los de sus oponentes, de modo que no quede nadie que pueda pretender derribar la dinastía constituida (11). El rey tendrá que desbaratar cualquier plan que hayan podido maquinar sus adversarios políticos (12), y el poder de las armas bastará para ponerlos en fuga (13). El pueblo está contento por todo ello y le pide al Señor que manifieste su fuerza (14) y conceda al rey la victoria contra los enemigos. |
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Como ya hemos tenido ocasión de ver a propósito de otros salmos del
mismo tipo (2; 18; 20), también en este el rostro de Dios aparece filtrado por la ideología monárquica del ambiente cortesano de Judá. Dios es quien, por su alianza con el pueblo, cumple los deseos de la autoridad política, aunque esto implique el exterminio de personas y grupos opositores. Se trata aquí del Dios que reside en el templo y está al servicio del palacio real. Los salmos reales nacieron en un contexto palaciego y como defensa de los intereses del rey. Por eso tratan de manipular a Dios, presentándolo no como aliado de todo el pueblo, sino como el socio dócil sometido a los deseos del soberano. Estos salmos no tienen en cuenta los movimientos contrarios a la monarquía.
Más tarde, cuando el pueblo se dio cuenta de que las autoridades políticas
(reyes) fueron los grandes responsables del exilio en Babilonia, se empezó a soñar, a partir de estos salmos reales, con el día en que aparecería un ungido (mesías) justo y defensor del pueblo. Es lo que se suele llamar lectura mesiánica de los salmos reales, una interpretación que se proyecta hacia un futuro distante.
Estos salmos cobran un nuevo colorido desde las palabras y las acciones de
Jesús de Nazaret, el Mesías coronado de espinas y crucificado, que vino para que todos tuvieran vida, y la tuvieran en abundancia (Jn 10, 10). El instrumento con el que Jesús ejerce la realeza no es el arco que hiere y mata a los enemigos, sino la toalla ceñida con que enjuga los pies de todos (13, 1- 15). En lugar de matar, Jesús prefiere dar vida; en lugar de exigir la vida de sus perseguidores, los llama de la muerte a la vida (11,1-44), dando vida y dando su vida libremente (10, 15-18). Éste es el modo en que la actividad de Jesús transforma radicalmente la visión de los salmos reales, convirtiéndolos en una oración válida también para nosotros. |
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Por tratarse de un salmo que habla de realeza, podemos pensar
inmediatamente en la autoridad política y en su misión al servicio del pueblo. Este salmo se presta para esas ocasiones en las que deseamos rezar desde el tema de la condición ciudadana, desde el derecho de los pueblos; cuando no aceptamos que Dios tenga que estar aliado con las autoridades injustas o con los imperialismos que agreden la vida de los pequeños o de los que piensan de manera diferente.
Otros salmos reales: 2; 18; 20; 45; 72; 89; 101; 110; 132; 144.
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