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SALMO 23
(22)
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Es un salmo de confianza individual. En él, una persona manifiesta su absoluta
confianza en el Señor. Las expresiones «nada me falta» (le), «no temo ningún mal» (4b), «todos los días de mi vida» (6a), «por días sin término» (6b) y otras, muestran que se trata de la total confianza en Dios pastor. |
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Este salmo cuenta con una breve introducción, compuesta por la expresión
«el Señor es mi pastor» (1b); tiene un núcleo central, que comienza con la afirmación «nada me falta» (1c) y llega hasta la mitad del versículo 6. La conclusión consiste en la última frase: «Mi morada es la casa del Señor, por días sin término» (6b).
El núcleo central contiene dos imágenes importantes. La primera presenta al
Señor como pastor, y el salmista se compara con una oveja (1b-4). Los términos de estos versículos pertenecen al contexto del pastoreo. Para entender esta imagen, tenemos que recordar brevemente cómo era la vida de los pastores en el país de Jesús. Normalmente tenían un puñado de ovejas y cuidaban de ellas con cariño, pues era todo lo que poseían. Por la noche, solían dejarlas en el redil junto con las de otros pastores, bajo la protección y vigilancia de unos guardas. Por la mañana, cada pastor llamaba a las suyas por su nombre, ellas reconocían la voz de su pastor y salían para iniciar una nueva jornada. El pastor caminaba al frente, conduciendo a sus ovejas hacia los pastos y fuentes de agua (véase Jn 10, 1-4).
En la tierra de Jesús hay mucho desierto, de modo que los pastores habían de
atravesarlo para llegar a los prados. En ocasiones, encontraban pastizales enseguida; otras veces tenían que caminar bastante para llegar hasta donde hubiera agua y verdes praderas. En estas ocasiones, podía suceder que la oscuridad de la noche sorprendiera al pastor con sus ovejas. Es sabido que éstas, de noche, se desorientan totalmente y corren el riesgo de perderse. El pastor, entonces, caminaba al frente del rebaño y lo conducía de vuelta al redil. La oscuridad de la noche (el «valle tenebroso» del v. 4) no asustaba a las ovejas, pues caminaban protegidas por la vara y el cayado del pastor.
La segunda imagen (5-6a) es también muy interesante. Ya no se trata de
ovejas. El contexto en que nos encontramos es el del desierto de Judá. Tenemos que imaginar a una persona que huye de sus enemigos a través del desierto. Los opresores están a punto de darle alcance cuando, de repente, se encuentra delante de la tienda de un jefe de los habitantes del desierto. La persona que huye es recibida con alegría y fiesta, convirtiéndose en huésped del jefe. En el país de Jesús la hospitalidad era algo sagrado. El que se refugiaba en la casa o en la tienda de otra persona, estaba a salvo de cualquier peligro.
Cuando los opresores llegan a la entrada de la tienda, ven la mesa preparada
(los habitantes del desierto se limitaban a extender un mantel en el suelo), el huésped ya se ha dado un baño y se ha perfumado con ungüentos, y se dan cuenta de que el jefe y su huésped están brindando por una antigua amistad (la copa que rebosa). No pudiendo hacer nada, los enemigos se retiran avergonzados.
Pasado un tiempo, el huésped tendrá que proseguir su viaje. El jefe, entonces,
le ofrece dos guardaespaldas, que, simbólicamente, reciben los nombres de «felicidad y misericordia», que lo acompañarán todos los días de su vida. |
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Aparentemente, este salmo no presenta ningún conflicto, pero esto es sólo a
primera vista. De hecho, en él se menciona un «valle tenebroso» (4a) y se habla de «opresores» (5a). ¿Qué es lo que estaría pasando? La respuesta empieza por el final del salmo. El salmista afirma que su «morada es la casa del Señor, por días sin término» (6b). La casa del Señor es el templo de Jerusalén. Así pues, la persona que habla en el salmo se encuentra allí. ¿Qué podrían tener en su contra los opresores? Ciertamente, querían matarle. Este salmo, por tanto, pone de manifiesto un drama mortal. Una persona, injustamente condenada, huye a esconderse en el templo, que funcionaba como lugar de refugio para quien hubiera cometido un crimen sin intención.
Sabemos que en Israel funcionaba la ley del talión: ojo por ojo, diente por
diente; herida por herida, muerte por muerte. Quien hubiera herido o matado a alguien sin querer, tenía que huir lo más rápido posible. En tiempos de las tribus existían las ciudades de refugio. En la época de la monarquía, también el templo de Jerusalén servía de refugio en estos casos. El salmo 23, por tanto, habría surgido en una situación como la descrita. Y aquí, el refugiado toma la decisión de habitar en el templo para siempre (6b).
De este modo podemos entender estas dos imágenes. El inocente que huye
de los que pretenden matarlo se siente protegido por el Señor como la oveja que, de noche, camina protegida por la vara y el cayado del pastor. Con este tipo de pastor, nada le falta a quien confía en él. El inocente se sentía perseguido por los opresores, pero logró refugiarse en la tienda del Señor, esto es, en el templo de Jerusalén. Y ahí nadie podrá hacerle ningún daño. |
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Una de las imágenes más hermosas de Dios en el Antiguo Testamento -y en
este salmo- es la que nos lo muestra como pastor. Este motivo nos recuerda inmediatamente el éxodo. De hecho, la principal acción del Dios pastor consistió en haber sacado a su rebaño (los israelitas) del redil de Egipto y haberlo conducido por el desierto, haciéndolo entrar en la tierra prometida, la tierra que mana leche y miel. Varios son los textos bíblicos que nos hablan de esto (por ejemplo, Sal 78, 52). Pastor, libertador y aliado son, por tanto, temas gemelos. El salmista tiene una confianza absoluta en el nombre del Señor (3) porque sabe que, en el pasado de su pueblo, Dios liberó, condujo e introdujo a los israelitas en la tierra de la libertad y de la vida. En esta tierra, el Señor dio acogida a su pueblo, preparándole una mesa opulenta, convirtiéndolo en su huésped preferido y protegiéndolo todos los días de su vida.
Jesús, en el evangelio de Juan, adopta las características del Dios pastor,
libertador y aliado (Jn 10), que conduce a las ovejas fuera de los rediles que le impiden al pueblo acceder a la vida (Jn 9). Con su muerte y su resurrección, Jesús, buen pastor, inauguró el camino de vuelta al Padre: «Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14, 6b). |
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Probablemente, este sea el salmo más rezado y más cantado. Pero el mejor
momento para rezarlo es cuando tenemos necesidad de reforzar nuestra confianza en Dios, y ello en medio de los conflictos cotidianos. También conviene rezarlo en solidaridad con aquellos cuya muerte «está ya decidida», con los inocentes condenados y con las víctimas de la violencia y de la opresión.
Otros salmos de confianza individual: 3; 4; 11; 16; 27; 62; 121; 131
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