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SALMO 25 (24)
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Es una mezcla de súplica individual con elementos y contenidos de los
salmos sapienciales (ver Sal 1). Pero predomina la súplica. Una persona anciana le pide dos cosas a Dios: que le perdone las faltas y pecados de su juventud, y lo libre de las manos de sus enemigos. |
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Este salmo ha sido retocado y ha recibido añadidos a lo largo de su
existencia. El último versículo (22) es un añadido posterior. Además, se trata de un salmo alfabético (véase Sal 9). En su lengua original, cada versículo comienza con una de las letras del alfabeto hebreo. En nuestras traducciones, este detalle se ha perdido. Esto significa que el salmo 25 causó un gran impacto cuando surgió. Fue conservado en la memoria y, más tarde, reelaborado con objeto de facilitar su memorización. Ésta es la finalidad del orden alfabético de sus versículos.
Tal como se encuentra en la actualidad, podemos distinguir tres partes: 1-
7; 8-15; 16-22. En la primera (1-7), el salmista expresa su total confianza en el Señor, con la esperanza de no verse defraudado ni quedar sin respuesta. Habla de los enemigos traidores y de las faltas de su juventud. En la segunda (8-15) tenemos la reflexión sapiencial, esto es, una meditación acerca del sentido de la vida. La raíz de todo es el temor del Señor. No se trata de tenerle miedo, sino respeto y confianza. Quien lo teme se convierte en amigo íntimo y el Señor se le revela, sellando su alianza. El que teme al Señor está siempre atento a su voluntad y Dios lo libra de los peligros. En la última parte (16-22) retorna la difícil situación en que se encuentra el fiel. Este vuelve a pedir con insistencia el perdón de los pecados y la liberación de las manos de los enemigos, cada vez más numerosos.
Como en otros salmos, también en este se compara a los enemigos con
unos cazadores que tienden trampas para atrapar al justo (15). |
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Este salmo revela un conflicto entre dos grupos desiguales: el salmista y
sus adversarios. Es probable que el salmista represente al grupo de los pobres que padecen injusticia y que calla ante las amenazas. Leyendo de corrido el salmo, descubrimos quiénes son los adversarios. El salmista los llama «enemigos» (2), «traidores» (3), dice que le tienden una trampa para capturarlo (15); se trata de enemigos que se multiplican y lo odian con un odio mortal (19). ¿En qué habría consistido la traición? No lo sabemos. Probablemente se habría tratado de la violación de las leyes, dando lugar a la injusticia. ¿Y por qué detestan al justo con un odio tan intenso? Ciertamente por su denuncia de las injusticias (véase Sab 1,16-2, 20). Por eso traman su destrucción.
Al lado de este conflicto entre grupos, tenemos el drama interior del
salmista. Se reconoce pecador, e insiste con fuerza en esta condición. Como viene a decir el Sal 130,3, si el Señor obra con rigor y tiene en cuenta las faltas de las personas, ¿quién podrá resistir? Por eso, el salmista hace examen de conciencia y trata de ajustar cuentas con Dios.
Este salmo nos ofrece un cuadro bastante completo de la situación
personal y del conflicto social que tiene que afrontar este hombre. El salmista habla de las propias faltas y pecados de juventud (7a), se considera pecador (8) y, socialmente, pobre entre los pobres (9). Reconoce que ha cometido grandes pecados (11), vive solo y está afligido (16), con el corazón angustiado y en medio de tribulaciones (17), padeciendo trabajos y penas (18); sus enemigos son cada vez más numerosos, lo odian y quieren verlo muerto (19). Por eso suplica al Señor: «muéstrame» (4), «guíame» (5), «no te acuerdes» (7), «vuélvete» (16), «¡guarda mi vida!», «¡líbrame!» (20); etc.
Pecador, pobre, solitario, desdichado, angustiado, en la miseria, objeto de
una caza a muerte. Esta es la situación que hizo que este hombre compusiera el salmo 25. Y ¿por qué todo esto? ¿Se puede ir más allá? Tal vez. Este salmo afirma que quien teme al Señor «vivirá feliz» y «su descendencia poseerá la tierra» (13). ¿No estaremos ante un conflicto relacionado con la posesión de la tierra? Es muy probable. El salmista parece ser alguien que carece de tierra. |
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Este salmo emplea muchos términos que nos recuerdan la Alianza:
«camino» (8.9), «justicia» (9), «amor y verdad», «alianza y mandatos» (10), «alianza» (14), etc. El Dios de este salmo es, una vez más, el aliado del pobre explotado y oprimido, el mismo Dios que, en el pasado, liberó a los israelitas de la esclavitud en Egipto, se alió con ellos y los condujo a la tierra prometida. Por eso el salmista muestra tanto valor al pedir y tanta confianza de que va a ser escuchado, evitando quedar defraudado y confundido por un Dios neutro, sordo e indiferente.
En el Nuevo Testamento Jesús proclamó dichosos y bienaventurados a los
mansos (los oprimidos) porque poseerán la tierra (Mt 5, 5), perdonó los pecados (Lc 7, 36-50; Jn 8,1-11) y puso sobre aviso a los ambiciosos que acumulan bienes (Lc 2, 15). |
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Podemos rezarlo en los momentos de súplica; cuando sentimos el peso de
nuestros pecados; en las situaciones de clamor por falta de tierra; cuando contemplamos la miseria de los pobres marginados; cuando la vida corre peligro y hay personas que han sido marcadas con el sello de la muerte...
Otros salmos de súplica individual: 5; 6; 7; 10; 13; 17; 22; 26; 28; 31; 35;
36; 38; 39; 42; 43; 51; 54; 55; 56; 57; 59; 61; 63;64; 69; 70; 71; 86; 88; 102; 109; 120; 130; 140; 141; 142; 143. |