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SALMO 30
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Es una acción de gracias individual. El salmista manifiesta su
agradecimiento porque el Señor ha escuchado su clamor. Esta persona se encuentra probablemente en el templo de Jerusalén, pues está rodeada de gente que escucha el relato de su liberación. En muchas ocasiones, después de ver sus súplicas atendidas, la gente iba al templo a ofrecer sacrificios de acción de gracias. |
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Como la mayoría de los salmos de acción de gracias, también este tiene una
introducción, un núcleo central y una conclusión. En la introducción (2-4), el salmista ensalza al Señor por su liberación, pues gritó a Dios y fue escuchado. El Señor tapó la boca a sus enemigos. También se expone la dramática situación en que se encontraba esta persona, pues se habla de librar, de sacar de la tumba y de hacer revivir de entre los que bajan a la fosa. En la introducción, el salmista se dirige al Señor.
En el núcleo central (5-11), el salmista se dirige a los fieles que están en el
templo, pues quiere convertir su experiencia en catequesis para otros. Expone lo que le ha sucedido, cómo pasó de una situación tranquila, en la que nada podía hacerle vacilar, a vivir un drama existencial sin precedentes, como si le hubiera faltado el suelo bajo los pies. Entonces clamó al Señor, apostando fuerte con Dios: «Si muero, pierdes un buen aliado y tu fama se acaba; si no me escuchas, mis enemigos van a decir que no existes. Para ti, es mejor que yo viva, pues ningún muerto da testimonio de ti». Al Señor le convencieron los argumentos de esta persona y la sanó.
En la conclusión (12-13) la persona curada promete convertir su vida en una
continua acción de gracias. No se contenta con ofrecer un sacrifico en el templo. Toda su vida será una alabanza incesante. |
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Este salmo muestra la superación de un terrible conflicto. A lo largo del
texto, encontramos muchas referencias al conflicto «vida-muerte» («liberación» frente a «enemigos»; «sacar de la tumba» frente a «bajar a la fosa», etc). ¿Qué es lo que habría pasado? El salmista vivía en una situación tranquila, tenía honor y poder (7-8a). No era pobre, sino rico. Imaginaba que esta situación de tranquilidad, sin sobresaltos, el honor y la riqueza, eran premios que Dios le concedía por su fidelidad. Los enemigos pensaban lo contrario. Creían que a Dios no le importaba ni la riqueza ni la miseria.
De repente, esta persona se ve afectada por una enfermedad mortal (3b).
Tiene la sensación de estar con «un pie en la tumba», como se suele decir. Está ya dentro del túnel, ve la tumba y la fosa (4). Y, ¿entonces? Él no ha pecado. ¿Castigo de Dios? No. Sus enemigos dicen: «¿Lo ves? ¿De qué te sirve ahora tanta fidelidad al Señor? ¿No decíamos nosotros que Dios no se mete en estas cosas? Ese Dios tuyo no existe».
El salmista hace lo que no había hecho nunca: clama. Y descubre un nuevo
rostro de Dios, el del Dios que escucha los clamores. En aquella época todavía no se creía en la resurrección de los muertos. Por eso esta persona apuesta tan fuerte por Dios. Si muere, esto supondrá la victoria de los enemigos y la derrota de Dios; si se cura, el Señor será el vencedor y seguirá teniendo en el salmista a un fiel aliado, y los enemigos tendrán que callarse.
El Señor atendió su súplica y lo sanó. Entonces, esta persona va al templo,
reúne a la gente y les cuenta cómo estaba antes de la enfermedad, cómo clamó, cómo negoció con Dios y expone la gracia alcanzada (5-11), prometiendo vivir en un estado continuo de alabanza y de acción de gracias (13b). |
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Evidentemente, estamos una vez más ante el Dios de la Alianza que escucha
el clamor de los que sufren (3). Cuando invita a los fieles a celebrar con instrumentos musicales la «memoria sagrada» de Dios (5), el salmista está pensando en el Dios del éxodo, pues así fue como se reveló a Moisés, pidiendo que se recordara su memoria por siempre (Ex 3, 15). ¿Qué sucedió con el salmista? Una especie de «miniéxodo», réplica fiel de la gran liberación de los israelitas. Y el Señor es ahora el mismo de entonces.
Resulta interesante señalar el descubrimiento progresivo que esta persona
hace de Dios. Antes de caer enfermo, cuando se sentía tranquila y segura, cuando disfrutaba de honor y poder, pensaba en un Dios comerciante: «La persona obra el bien y Dios le da honor y poder como premio». La enfermedad mortal acaba con esta imagen de Dios; entonces el salmista tiene que aprender a clamar. Al hacerlo, descubre que el Señor no es un comerciante, sino el aliado y amigo que escucha el clamor, el auténtico Dios del éxodo, que escucha las súplicas que se le dirigen. En tercer lugar, no se conforma con dar gracias mediante un sacrificio -cosa que le costaba poco-, sino que decide vivir en alabanza continua el resto de sus días. Descubre así una de las formas más bellas de relacionarse con Dios.
Los enemigos del salmista tienen que cerrar la boca, pues son materialistas o
ateos prácticos. Dicen que a Dios, si es que existe, no le preocupan ni la prosperidad ni la desgracia de la gente. El salmo responde a esta postura mostrando a un Dios aliado que interviene en la historia junto a los que claman a él.
Recorriendo el Nuevo Testamento, nos damos cuenta de que Jesús es la
presencia de Dios junto a los que claman. Son muchos los que le deben reconocimiento y alabanza por la liberación recibida. |
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Este es un salmo de acción de gracias. Es conveniente que lo recemos
siempre que sintamos la presencia liberadora de Dios y de Jesús en nuestra vida: tras la superación de conflictos personales, de enfermedades, de una visión estrecha y mercantilista de Dios o de Jesús; podemos rezarlo en solidaridad con aquellos enfermos que superan una etapa difícil; como acción de gracias cuando pasamos, de la «muerte a la vida»; cuando amamos profundamente la vida y queremos seguir viviendo más y más...
Otros salmos de acción de gracias individual: 9; 32; 34; 40; 41; 92; 107;
116; 138. |