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SALMO 32
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Es un salmo de acción de gracias individual. Alguien, rodeado de gente,
cuenta lleno de felicidad lo que ha pasado, es decir, expresa la alegría de haber sido perdonado por el Señor. Y quiere que esa felicidad se contagie a los oyentes. |
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Podemos distinguir una introducción (1b-2), un núcleo central (3-9) y una
conclusión (10-11). El núcleo central puede subdividirse en dos partes: en la primera, el salmista habla con el Señor (3-7), y en la segunda, habla con la gente que está escuchándole, probablemente en el templo de Jerusalén (8-9). Este salmo respira un clima de profunda dicha y alegría desde el principio hasta el final.
De hecho, la introducción (1b-2) comienza hablando de dicha, de felicidad.
¿Quién es dichoso? Aquel a quien se le han perdonado las culpas, en este caso, el propio salmista. El Señor le ha perdonado su culpa, su pecado y su delito.
El núcleo central (3-9) presenta, en primer lugar, la situación del salmista
antes de confesar su pecado a Dios (3-4), la confesión (5a), el perdón (5b) y la lección que ha sacado de todo esto (6-7). En segundo lugar, esta parte central muestra al salmista que ha sido perdonado dirigiéndose a la gente que está a su alrededor (8-9) y que querían ver qué es lo que pasaba. La experiencia se convierte en catequesis o en lección para la vida de otros.
En esta parte central encontramos varias imágenes. En primer lugar, la de los
huesos que se consumen (3): los huesos constituyen la estructura de la persona; sin el perdón, ésta está desestructurada, pierde el equilibrio, el sentido de la vida. En segundo lugar, la imagen de la mano de Dios que pesa sobre el pecador (4): sin el perdón, nos hacemos una imagen distorsionada de Dios, que se convierte en opresor. Después tenemos la imagen de un haz de paja al calor del pleno verano: se seca inmediatamente; así es el corazón de la persona que no se siente perdonada. Para el pueblo de la Biblia, el corazón es la sede de los proyectos e intenciones; se corresponde con nuestra «conciencia». Es como cuando decimos de alguien que «tiene mala conciencia». Tenemos, también, la imagen de las aguas caudalosas que se desbordan (6b): se trata de una especie de pleamar o de resaca marina, que arrastra todo lo que encuentra; quien pide perdón y es perdonado, confía en el Señor. Ningún problema podrá rebasar su confianza. Finalmente, tenemos la imagen de los caballos y mulos (9a), a los que se considera animales indómitos y estúpidos, que necesitan aprender con mucha disciplina: «No seáis como ellos», pide el salmista, que ha descubierto lo bueno que es ser perdonado por Dios.
La conclusión (10-11) pone en oposición a los malvados y los justos. Los
justos saben pedir perdón, los malvados no. Por eso padecen innumerables tormentos (los huesos que se consumen, la mano pesada de Dios, el corazón que se seca como un haz de paja; son arrastrados por la «resaca» del mar; son indómitos y estúpidos como caballos y mulos). El Señor, el Dios que perdona, es el amigo y aliado de los justos, pues su misericordia rodea a quienes confían en él. Por eso se invita a los justos a que manifiesten su dicha con alegría y regocijo.
Es interesante señalar que el justo, al igual que el malvado, también peca. La
diferencia es ésta: el primero sabe pedir perdón y es feliz; el segundo no pide perdón y su vida es un continuo tormento. |
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Este salmo presenta el conflicto que existe entre justos e injustos. Pero el
foco de atención es el conflicto personal que vive el salmista, la superación y la dicha que experimenta después de haber confesado su pecado y de haber recibido el perdón. El tiempo anterior a esta confesión era de angustia (7). El tiempo posterior, de liberación (7). Antes era una persona desestructurada, con mala conciencia y una imagen desfigurada de Dios, angustiada y oprimida. Después, una persona liberada, dichosa y feliz, que ve a Dios como un amigo y un lugar de refugio.
El justo, aunque peque, se vuelve hacia Dios y le pide perdón. El perdón lo
libera y acaba viendo a Dios con unos ojos luminosos. Antes tenía una visión distorsionada de Dios: «Día y noche tu mano pesaba sobre mí» (4a). Cuando no se experimenta el perdón y la liberación de Dios, la gente lo convierte en un tirano opresor que no concede tregua. Cuando se le reconoce como aquel que perdona, Dios se convierte en refugio y liberación (7), y devuelve la alegría al pecador arrepentido (1b-2. 11).
La persona perdonada fue al templo a ofrecer un sacrificio de acción de
gracias y aprovecha esta oportunidad para instruir a los peregrinos. Al conocer la razón de su sacrificio, recibieron un hermoso retrato de Dios. |
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Hay dos modos de ver a Dios. Antes del perdón, el salmista lo veía como
un opresor que no permite respiro; es una caricatura de Dios. Así es como lo vemos nosotros cuando no creemos que pueda perdonarnos. Después del perdón, el salmista lo ve como refugio y liberación, como aquel que devuelve la dicha y la felicidad. Vuelve a ser el amigo aliado que libera. De este modo, el salmista recupera su estructura y se renueva su conciencia. El camino del reencuentro con Dios a través del perdón libera y hace vivir feliz.
En el Nuevo Testamento, Jesús hace suyo este rostro del Dios que libera a
quien se acerca a él. Éste es el caso de la pecadora arrepentida (Lc 7, 36-50) y del publicano que vuelve justificado a su casa (18, 9-14). El Jesús de Lucas revela a un Dios que perdona (puede verse el capítulo 15 entero de su evangelio). Pero, ante Jesús, también están los que son como caballos y mulos irracionales, y por eso su pecado permanece (Jn 9, 41). |
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Tratándose de un salmo de acción de gracias, es bueno rezarlo cuando nos
sentimos perdonados por Dios o cuando estamos necesitados de su perdón; cuando sentimos que nos falta su misericordia, o nos encontramos desestructurados a causa de nuestras limitaciones, nuestras culpas y nuestros pecados.
Otros salmos de acción de gracias individual: 9; 30; 34; 40; 41; 92; 107; 116;
138. |