EL TALLER DE LOS SALMOS
SALMO 51
Es un salmo de súplica individual. El salmista está viviendo un drama que
consiste en la profunda toma de conciencia de la propia miseria y de los
propios pecados
; es plenamente consciente de la gravedad de su culpa, con
la que ha roto la Alianza con Dios. Por eso suplica. Son muchas las
peticiones que presenta, pero todas giran en torno a la primera de ellas:
«¡Ten piedad de mí, oh Dios, por tu amor!» (3a).

Tal como se encuentra en la actualidad, este salmo está fuertemente unido
al
anterior (Sal 50). Funciona como respuesta a la acusación que el Señor
hace contra su pueblo. En el salmo 50, Dios acusaba pero, en lugar de
dictar la sentencia, quedaba aguardando la conversión del pueblo. El
salmo 51 es la respuesta que esperaba el Señor:
«Un corazón contrito y
humillado tú no lo desprecias»
(19b). Pero con anterioridad, este salmo
existió de forma independiente, como oración de una persona.

Tiene tres partes: 3-11; 12-19; 20-21. En la primera tenemos una riada de
términos o expresiones relacionados con el pecado y la transgresión.
Estos son algunos ejemplos:
«culpa» (3), «injusticia» y «pecado» (4),
«culpa» y «pecado» (5), «lo que es malo» (6), «culpa» y «pecador» (7),
«pecados» y «culpa» (11). La persona que compuso esta oración compara
su pecado con dos cosas: con una mancha que Dios tiene que lavar (9); y
con una culpa (una deuda o una cuenta pendiente) que tiene que cancelar
(11). En el caso de que Dios escuche estas súplicas, el resultado será el
siguiente: la persona «lavada» quedará más blanca que la nieve (9) y libre
de cualquier deuda u obligación de pago (parece que el autor no está
pensando en sacrificios de acción de gracias). En esta primera parte,
el
pecado es una especie de obsesión
: el pecador lo tiene siempre presente
(5), impide que sus oídos escuchen el gozo y la alegría (10a); el pecador
se siente aplastado, como si tuviera los huesos triturados a causa de su
pecado (10b). En el salmista no se aprecia el menor atisbo de respuesta
declarándose inocente, no intenta justificar nada de lo que ha hecho mal.
Es plenamente consciente de su error, y por eso implora misericordia. El
centro de la primera parte es la declaración de la justicia e inocencia de
Dios:
«Pero tú eres justo cuando hablas, y en el juicio, resultarás
inocente»
(6b). Para el pecador no hay nada más que la conciencia de su
compromiso radical con el pecado:
«Mira, en la culpa nací, pecador me
concibió mi madre»
(7).

Si en la primera parte nos encontrábamos en el reino del pecado, en la
segunda (12-19) entramos en el del perdón y de la gracia. En la primera,
el salmista exponía su miseria; en la segunda, cree en la riqueza de la
misericordia divina
. Pide una especie de «nueva creación» (12), a partir
de la gracia. ¿En qué consiste esta renovación total? En un corazón puro y
un espíritu firme (12). Para el pueblo de la Biblia, el «corazón» se
identifica con la conciencia misma de la persona. y el «espíritu firme»
consiste en la predisposición para iniciar un nuevo camino.

Creada nuevamente por Dios, esta persona empieza a anunciar buenas
noticias: «Enseñaré a los culpables tus caminos, y los pecadores
volverán a ti»
(15). ¿Por qué? Porque sólo puede hablar adecuadamente
del perdón de Dios quien, de hecho, se siente perdonado por él. Hacia el
final de esta parte, el salmista invoca la protección divina contra la
violencia (16) y se abre a una alabanza incesante (17). En ocasiones, las
personas que habían sido perdonadas se dirigían al templo para ofrecer
sacrificios. Este salmista reconoce que el verdadero sacrificio agradable
a Dios es un espíritu contrito (18-19).

La tercera parte (20-21) es, ciertamente, un añadido posterior. Después
del exilio en Babilonia, hubo gente a quien resultó chocante la libertad
con que se expresaba este salmista. Entonces se añadió este final,
alterando la belleza del salmo. Aquí se pide que se reconstruyan las
murallas de Sión (Jerusalén) y que el Señor vuelva nuevamente a aceptar
los sacrificios rituales, ofrendas perfectas y holocaustos, y que sobre su
altar se inmolen novillos. En esta época, debe de haber sido cuando el
salmo 51 empezó a entenderse como repuesta a las acusaciones que Dios
dirige a su pueblo en el salmo 50.

Este salmo es fruto de un conflicto o drama vivido por la persona que
había pecado
. Esta llega a lo más hondo de la miseria humana a causa de
la culpa, toma conciencia de la gravedad de lo que ha hecho, rompiendo su
compromiso con el Dios de la Alianza (6) y, por ello, pide perdón. En las
dos primeras partes, esboza dos retratos: el del pecador (3,11) y el del
Dios misericordioso, capaz de volver a crear al ser humano desde el
perdón (12-19). También aparece, en segundo plano, un conflicto a
propósito de las ceremonias del templo
. Si se quiere ser riguroso, esta
persona tenía que pedir perdón mediante el sacrificio de un animal. Sin
embargo, descubre la profundidad de la gracia de Dios, que no quiere
sacrificios, sino que acepta un corazón contrito y humillado
(19).

Se trata, una vez más, del Dios de la Alianza. La expresión «contra ti,
contra ti solo pequé»
(6a) no quiere decir que esta persona no haya
ofendido al prójimo. Su pecado consiste en haber cometido una injusticia
(4a). Esta expresión quiere decir que la injusticia cometida contra un
semejante es un pecado contra Dios y una violación de la Alianza. El
salmista, pues, tiene una aguda conciencia de la transgresión que ha
cometido. Pero mayor que su pecado es la confianza en el Dios que le
perdona. Mayor que su injusticia es la gracia de su compañero fiel en la
Alianza.
Lo que el ser humano no es capaz de hacer (saldar la deuda que
tiene con Dios) , Dios lo concede gratuitamente cuando perdona.

El tema de la súplica está presente en la vida de Jesús (ya hemos tenido
ocasión de comprobarlo a propósito de otros salmos de súplica
individual). La cuestión del perdón ilimitado de Dios aparece con
intensidad, por ejemplo, en el capítulo 18 de Mateo, en las parábolas de la
misericordia (Lc 15) y
en los episodios en los que Jesús perdona y
«recrea» a las personas (por ejemplo, Jn 8,1-11; Lc 7,36-50, etc).

El motivo «lavar» (Sal 51,4a) resuena en la curación del ciego de
nacimiento (Jn 9,7); el «purifícame» (Sal 51,4b) indica hacia toda la
actividad de Jesús, que cura leprosos, enfermos, etc.

La cuestión de la «conciencia de los pecados» aparece de diversas
maneras. Aquí, tal vez, convenga recordar lo que Jesús les dijo a los
fariseos que creían ver: «Si fueseis ciegos, no tendríais culpa; pero
como decís que veis, seguís en pecado»
(Jn 9,41). En este mismo sentido,
se puede recordar lo que Jesús dijo a los líderes religiosos de su tiempo:
«Si no creyereis que "yo soy el que soy", moriréis en vuestros pecados»
(Jn 8,24) .

1.- TIPO DE SALMO
2.- CÓMO ESTÁ ORGANIZADO
3.- ¿POR QUÉ SURGIÓ ESTE SALMO?
4.- EL ROSTRO DE DIOS
5.- REZAR ESTE SALMO
Este salmo es una súplica individual y se presta para ello. Conviene
rezarlo cuando nos sentimos abrumados por nuestras culpas o
«manchados» ante Dios y
la gente, o «en deuda» con ellos; cuando
queremos que el perdón divino nos cree de nuevo
, ilumine nuestra
conciencia y nos dé nuevas fuerzas para el camino...

Otros salmos de súplica individual: 5; 6; 7; 10; 13; 17; 22; 25; 26; 28; 31;
35; 36; 38; 39; 42; 43; 54; 55; 56; 57; 59; 61; 63; 64; 69; 70; 71; 86; 88;
102; 109; 120; 130; 140; 141; 142; 143.

ICTYS - Marzo 98